Archivo mensual: enero 2012

Qué hijos dejamos al mundo

Cuenta Leopoldo Abadía que, en una ocasión, al acabar una conferencia, se le acercó una señora joven con dos hijos pequeños. Como aquel día, durante el coloquio posterior a la sesión, había salido la clásica pregunta sobre el mundo que les vamos a dejar a nuestros hijos, ella le dijo que lo realmente preocupante no era el mundo que íbamos a dejar a nuestros hijos sino, mucho más, qué hijos íbamos a dejar a este mundo.

A aquella mujer le sobraba sabiduría, y nos da a todos un interesante tema de reflexión. Me refiero a la importancia del papel de los padres, de los profesores, de todos los que contribuyen de una manera o de otra a la formación de las nuevas generaciones.

Se habla mucho de lo mal que está el mundo, del poco prometedor futuro que se vislumbra, de lo mal que lo hacen todos, pero quizá se habla poco de las responsabilidades que todos tenemos para arreglarlo. El mundo del futuro será como sean las personas a las que corresponda dirigirlo, y educar a esas personas es ahora tarea nuestra. Por tanto, lo fundamental es cómo se educa a los hijos en la familia y a los alumnos en la escuela, cómo se plantean las cosas en los medios de comunicación y de entretenimiento, cómo se concilian las tareas del trabajo y del hogar, cómo prestamos todos más atención a los valores que de verdad importan.

Es importante enfrentarnos a ese deber, sin diluir la responsabilidad y lanzarla siempre sobre otros. El curso que vaya a seguir el mundo se nos suele presentar como si fuera algo ajeno a nuestra responsabilidad, pero si pensamos en la educación de los que tenemos más cerca, eso ya no es algo tan lejano o tan difuso. Hay demasiada gente que trabaja hasta la extenuación por lograr para sus hijos una nueva comodidad, cuando lo que tiene que darles, porque es lo que de verdad necesitan, es una buena formación. El mejor legado que podemos transmitirles no son bienes o comodidades materiales, sino ayudarles a ser gente responsable, personas de mente sana, de mirada limpia, honrados, no murmuradores ni victimistas, sinceros, leales, buena gente. Porque si son buena gente harán un mundo mejor. Por eso, quizá hay que preocuparse menos de lo mal que está el mundo y ocuparnos más de dar una mejor formación a quienes dentro de poco tendrán que dirigirlo: que sepan distinguir lo bueno de lo malo, o de lo menos bueno, que no digan que todo vale, que piensen en los demás, que sean más sacrificados y menos egoístas.

El mundo se arreglaría bastante sólo con que cada uno se esfuerce un poco más en educar mejor a sus hijos o a sus alumnos. En eso todos podemos ser más competentes, más esforzados, más autocríticos. Tenemos que abandonar el consabido lamento sobre lo mal que está todo y entrar decididamente por la senda de la mejora personal, que es la mejor forma de educar a otros. Tenemos que dejar ya de repetir que la juventud es un desastre y empezar a pensar que, si realmente fuera así, los principales responsables de ese desastre somos nosotros. Tenemos que dejar de pensar que educar bien es cuestión de dinero, porque el dinero a veces permite educar mejor y otras veces lo pone más difícil. Tenemos que reconocer que la austeridad y la templanza son importantes, y que quizá por eso las etapas de auge económico en las familias o en las sociedades vienen seguidas con frecuencia por etapas de mediocridad, porque los excesos de comodidad pueden asfixiar la capacidad de esfuerzo y sacrificio que todos necesitamos. Tenemos que dejar de educar desde los paradigmas de hace dos o tres décadas, porque ya hay demasiada gente que se rige por los traumas de su infancia en vez de pensar en la realidad que hoy nos rodea.

Muchos educadores se desaniman al ver los escasos resultados de sus esfuerzos, pero me atrevo a decir que no hay empeño educativo que quede sin fruto. En primer lugar, porque siempre nos mejora a nosotros mismos, y eso ya es mucho, quizá lo principal. Y después, porque a largo plazo siempre acaban emergiendo los frutos de esos desvelos nuestros por educar mejor. Muchas veces nosotros mismos nos sorprendemos repitiendo frases o ideas que escuchamos mil veces a nuestros padres o profesores y que entonces parecían no influirnos lo más mínimo. O nos vienen con fuerza las razones o los buenos ejemplos que hace años observamos con reticencia pero que ahora nos parecen dignos de imitar o de seguir. No hay que desanimarse, hay que ayudar a la gente joven a esforzarse por ser mejor, y el mundo entonces será sin duda mejor.

Alfonso Aguiló. Hacer Familia nº 214, 1.XII.11

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Moral o Deseo

Hola amigos:

Hoy encontré este pequeño análisis de Aníbal Cuevas, autor de “La Felicidad de Andar por Casa” y me pareció interesante su manera de plantear con un ejemplo la consecuencia de pensar en la relatividad de lo bueno y de la moral. ¿Qué les parece?

Moral o deseo por Aníbal Cuevas
Hace unos días leí un articulo en el que el autor defendía la sustitución de la moral por el deseo, dicho trueque traería más libertad. Se trata de una manera de pensar cada vez más en alza en ciertos sectores de intelectuales, y que se está trasladando a la sociedad. Sin ir más lejos, la asignatura de Educación para la Ciudadanía va en esa línea. Para quienes así piensan, no existen verdades absolutas, no existe bien ni mal objetivo. No existe por tanto la moral.

Tal manera de pensar es peligrosa ya que nos deja a merced de arbitrariedades de todo tipo. Pensar que no existe bien ni mal, sino que todo depende del deseo, supone entregar un arma letal a los gobiernos. Bajo esas premisas, la bondad o maldad de las decisiones que se tomen no dependerán de un criterio objetivo, sino del deseo del gobernante de turno, sea de derechas o de izquierdas. Es cierto que las leyes, en democracia, se aprueban en parlamentos democráticos y por mayorías pero, ¿qué haremos cuando el deseo de una mayoría de diputados sea similar al de los que nombraron a Hitler como Führer y aprobaron sus leyes?

Lo único que garantiza las libertades y la democracia es la existencia y el reconocimiento de unas verdades a las que todos nos debemos subordinar. Unas normas que, estando por encima de la voluntad de mayorías cambiantes y de los intereses de multinacionales, medios de comunicación, etc…a todos obliguen. En definitiva, la naturaleza del hombre necesita de la existencia de una moral.

Plantear sustituir la moral por el deseo socava las raíces de la libertad e imposibilita que el hombre sea mejor, y por tanto más feliz.

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