Archivo mensual: mayo 2012

Ideas para mantener la familia unida

Por Aníbal Cuevas

Para empezar por el fundamento, el matrimonio debía considerar desde el primer momento de su unión cómo les gustaría que fuera su estilo y cultura familiar propia. Saberse parte de algo genera una gran seguridad y alegría, fundamental para crecer equilibrados. Por ello me parece importante cuidar y recuperar costumbres y anécdotas familiares. Las fotos de familia, también de generaciones anteriores, son un gran apoyo para ello.

Tratar a cada hijo con respeto y cariño. Dedicar un tiempo exclusivo a cada uno de ellos. Evitar comparaciones o que se sientan mejores o peores que los otros. Evitar las etiquetas (mentiroso, desobediente, vago …) y permitirles actuar de acuerdo a su edad y cultivar la virtud de la paciencia no gritando o insultando. Evitar el tono cínico o irónico al hablarle y escuchar, escuchar, escuchar.

Enseñar a pedir perdón cuando se ha hecho algo mal, cuando se ha molestado. La forma más eficaz de enseñar a pedir perdón es que lo hagan el padre o la madre cuando sea necesario.

Lucha personal ¿qué puedo hacer yo? Si bien es cierto que la lucha por vivir las virtudes es personal, anima mucho saber que los demás miembros de la familia están en la misma onda. Un hijo que sabe que su padre y su madre no se consideran perfectos y que aunque les cuesta, se esfuerzan cada día por ser mejores afronta mejor su propia mejora.

Comidas familiares y tertulias Considero que son el eje fundamental para que la familia permanezca unida, casi me atrevería a afirmar que una familia que no come junta es prácticamente imposible que pueda permanecer unida.

Son cada vez más los estudios que demuestran el poder de la comida familiar no sólo para que la familia permanezca unida sino en la prevención de enfermedades, adicciones, fracaso escolar, etc..

Dada su importancia y trascendencia para la vida familiar conviene cuidar las formas y presentación en la mesa, preparar temas para charlar si se crean “silencios incómodos”. Aprovechar sobre todo para escuchar y también para dar criterio, contar cosas, preocupaciones, alegrías, comentar temas de actualidad, libros, películas, música.

Por supuesto la televisión y los teléfonos móviles o gadget electrónicos deben situarse muy lejos del espacio vital del comedor.

Compartir el ocio con actividades familiares. El tiempo libre es una gran escuela unidad familiar. Por eso es muy bueno compartir aficiones, hobbies, cultura, deportes, etc… Los padres deben proporcionar ocasiones para compartir el tiempo libre, deben saber hacer atractivo, dependiendo de la edades, hacer deporte juntos, acompañarles a verles jugar con su equipo, asistir a un concierto de música, oír con ellos en casa la

música que les gusta (aunque a uno de guste poco), pasear por el campo, disfrutar de una puesta de sol, visitar el zoo, comentar un libro ….

He dejado para lo último lo que considero lo fundamental como nexo de unión entre los hombres en general y la familia en particular, compartir la fe y una visión trascendente de la vida. Cuando se está en la misma onda porque los valores son los mismos se tiene mucho terreno ganado a la unidad familiar.

Esto tiene su comienzo a la hora de elegir la persona con la que voy a formar una familia, se fortalece en el noviazgo y llega a su punto más alto cuando se comienza a tener hijos a los que transmitir la fe. Creo que como en todo lo familiar, es fundamental que los hijos vean luchar cada día a los padres por ser consecuentes con lo que creen, también que les vean rezar y practicar juntos.

La transmisión de la fe debe hacerse de una manera atractiva y amable, nunca imponiendo, siempre explicando. La comunión más fuerte es la de los santos, las familias más fuertes son las que creen, luchan y aman en la misma sintonía.

*Esto es parte de la ponencia completa que hizo Aníbal Cuevas en el Congreso Mundial de las Familias. Si quieres ver la ponencia completa, hagan click aquí: http://anibalcuevas.blogs.com/files/cómo-mantener-la-familia-unida.-la-importancia-del-ambiente-familiar.-por-anibal-cuevas-1.pdf

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¿Qué se puede hacer con el dinero?-III parte

Enseñar a ahorrar el dinero

La costumbre de ahorrar es formativa porque ayuda a relacionar el esfuerzo con el resultado obtenido y también porque permite gastos en objetos que realmente tienen mayor valor intrínseco.

Aunque sea poco, conviene orientar a los hijos pequeños en este sentido para que vayan desarrollando el hábito. Con los adolescentes se tratará de mostrarles la utilidad de la operación.

Enseñar a dar

Con el planteamiento que hemos hecho ahora, es posible que logremos una eficacia muy grande en el uso del dinero pero, a su vez, unos hijos bastante egoístas pensando nada más que en sus propias necesidades.

Conviene que se den cuenta de las necesidades de los demás y que reconozcan su deber de ayudarles en la medida de sus posibilidades.

Todo lo que hemos sugerido depende del hecho de que el hijo disponga de dinero. Creemos que es educativo que dispongan de ciertas cantidades de acuerdo con los objetivos marcados. Se puede entregar una cantidad al hijo regularmente o lograr que ingrese unas cantidades como consecuencia de su trabajo.

El presupuesto

Los niños pequeños dispondrán seguramente de una pequeña cantidad para gastar en un momento determinado –en chucherías el domingo, por ejemplo–. En cambio, cuando llegan a la adolescencia es posible que se plantee una cantidad mensual que puede estar prevista para cubrir determinados tipos de gastos.

Para algunos hijos se puede incluir una cantidad que luego gastan en su ropa, diversiones, regalos de cumpleaños, para su familia y sus amigos, etc. Sin embargo, hay otros que no han aprendido a administrar el dinero bien y, por tanto, conviene seguir con entregas parciales.

La cantidad que se entregue debe ser proporcionada a las necesidades reales de los hijos y a los tipos de gastos que se acuerdan. La meta es lograr que los hijos sepan utilizar su dinero responsablemente antes de marcharse de casa.

Habría que llamar la atención a dos tipos de padres: aquellos que entregan unas cantidades grandes de dinero a sus hijos de tal manera que no hacen más que estimular el gasto caprichoso y aquellos que controlan todo tipo de gasto y así no permiten que sus hijos aprendan a manejar el dinero responsablemente.

Con este esfuerzo de los padres pueden aprovechar el manejo del dinero como medio de vida y de formación práctica para cuando quieran fundar un hogar.

En resumen se trata de:

  1. Enseñarles a valorar lo que poseen y lo que pueden poseer.
  2. Enseñarles a dominar sus caprichos con más o menos alegría.
  3. Enseñarles a reconocer las necesidades de los demás en comparación con las propias.
  4. Enseñarles a reflexionar sobre el por qué de sus gastos.

David Isaacs y María Luisa Abril- “Familias Contra Corriente”

Colección Hacer Familia

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Tips para no ser sobreprotectores

Volvemos a recurrir al libro Educar en libertad y responsabilidad de Pablo Garrido Gil, porque nos da una lista muy buena de criterios concretos aplicables a casos usuales para no ser los papás sobreprotectores.

  • No dramaticemos ante un posible problema que tenga un hijo nuestro. Si lo hacemos, agrandaremos el problema. Lo que los niños buscan siempre en sus padres es seguridad y confianza, y éstas se transmiten no perdiendo la calma.
  • No estemos hablando siempre de ese problema, y menos aún delante del implicado, pues lo que conseguiremos es fijar más su atención en él.
  • Si notamos que nuestro hijo sufre por dicho problema, démosle cariño y comprensión, pero evitemos compadecerle y decirle continuamente “pobrecito mío…”.
  • Si alguna vez hemos de actuar ante un profesor o un compañero de clase, hagámoslo con mucha sutileza y sin que se note demasiado.
  • No le incitemos a defenderse aplicando la violencia. Hay que dar a nuestros hijos otros recursos para que aprendan a defenderse.
  • Enseñemos a nuestros hijos que tienen que perdonar y no guardar rencor a nadie, aunque se hayan portado mal contigo.
  • Si se meten con él porque tiene algún defecto físico, es preciso que le hagamos ver que debe aceptarse a sí mismo y que no por ello debe de animarse. Para eso, hemos de hacerles ver cuáles son sus puntos positivos (tal vez sea un chico muy alegre o muy generoso o muy trabajador, etc.).  también debemos hacerle ver que todos los demás niños tienen también problemas, que a veces son peores que los suyos.
  • Una forma excelente de quitar peso a nuestros propios problemas es fijarnos en las necesidades de los demás y en cómo podemos nosotros ayudarles. En cuanto dejamos de pensar en nosotros mismos, los problemas dejan de tener tanta gravedad. Esta idea debemos transmitírsela razonándoles a su nivel, pero lo antes posible, para que nunca la olviden.
  • Si vemos que no tienen amigos o que lo dejan un poco de lado, es bueno que les hagamos descubrir qué cosas pueden ellos hacer para intentar revertir la situación, por ejemplo:  tener detalles con los demás, intentar ser más comunicativo, invitar a algún niño a casa a jugar, etc.
  • Si vemos que van un poco mal en los estudios, no recurramos inmediatamente a la solución de apuntarles a una academia o de ponerles un profesor particular. Busquemos, primero, la raíz del problema y veamos si somos capaces de solucionarlo entre nosotros. La verdad es que casi siempre podemos arreglar este tipo de problemas, sobre todo si lo cogemos a tiempo. Por experiencia sé que hay bastantes padres que deciden ponerle a su hijo un profesor particular de matemáticas, cuando ese hijo no tiene ningún problema con ellas, sino más bien con el esfuerzo que le exigen. Como casi siempre, se suele tratar de un problema de formación de voluntad más de un problema de índole intelectual. Los chicos se acostumbran a que los padres les arreglen los problemas escolares poniéndole un profesor particular.
  • Si tiene alguna vez deberes escolares que no sabe hacer, ayudémosle a estudiar y que sea capaz de hacerlos él solo, pero, por favor, no les hagan los deberes ni los trabajos a sus hijos. Esto es muy frecuente, y, a veces, algunos profesores tenemos la tentación de poner la nota de algunos trabajos a los padres más que a los niños.

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¿Eres un padre autoritario?

Tomamos la lista descriptiva de Pablo Garrido Gil sobre las características de un padre autoritario. Perfecta para reflexionar si es que estamos cayendo en este error educativo.

  • Los padres autoritarios suelen ser exigentes y, al mismo tiempo, fríos en su trato.
  • Ponen límites, pero las ponen por todas partes, de modo que encierran dentro de ellos a sus hijos y ahogan su libertad y su iniciativa.
  • Suelen prohibir las cosas sin razonarlas demasiado, de modo que acaban haciendo que las cosas prohibidas se conviertan en atractivas a ojos de los niños.
  • Suelen castigar y reñir por las malas acciones, pero no suelen reconocer y felicitar por las buenas.
  • No fomentan en los hijos una obediencia responsable, sino sumisa.
  • El rigor de las críticas y castigos suelen fomentar que los hijos desarrollen conductas de defensa ante ellas, cerrándose a hablar con los padres de sus problemas o bien ocultándolos con la mentira.
  • Pueden provocar que los se abstengan de actuar mal por el miedo a los castigos y reprimendas, pero no por el mal en sí. De esa manera, se corre el peligro de que, después, repitan esas conductas, si les ampara la impunidad y saben que sus padres no se van a enterar.
  • En otros muchos casos, genera un aumento de la rebeldía en los hijos al llegar la adolescencia y, por tanto, un fuerte deterioro en la convivencia familiar.

En algunos casos extremos, unos hijos pueden “explotar” en algún momento (por ejemplo, al llegar a la universidad) y asumir comportamientos equivocados en su afán de gozar de esa libertad.

Pablo Garrido Gil- Educar en libertad y responsabilidad.

 

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¿Qué hacer para cambiar nuestro estilo educativo?

Muchos padres se preguntan cómo hacer para cambiar un estilo educativo incorrecto cuando ya han pasado varios años de aplicarlo. ¿Cómo pasar de una permisividad extrema a una educación con límites, por ejemplo? Pues lo esencial es vernos a nosotros mismos como personas y ver cuáles son los motores que nos guían a la hora de educar. Aquí algunas pautas para hacer el gran cambio.

¿Cuál es el fin que tenemos la gran mayoría de los padres para educar a nuestros hijos? Pues su propio bien. Todos queremos educarlos de la manera correcta pero no siempre tenemos en el grado máximo las capacidades psicológicas necesarias para llevar a la práctica esta tarea.

 ¿Qué puede jugar en nuestra contra? Nuestro carácter, nuestros miedos, nuestras necesidades o nuestra personalidad. Como bien afirma Osvaldo Poli, en su libro “No tengas miedo a decir no”,de hecho, nuestra acción educativa puede estar movida por motivaciones “inconsistentes”, inconscientes e inadvertidas, que pueden hacer ineficaz, aunque sea solo parcialmente, el deseo de educar bien a los hijos. Una motivación psicológica “oculta”, o poco consciente, puede afectar gravemente a nuestra capacidad educativa, llevando a los padres asumirá actitudes educativas poco oportunas”.

1. Trabajar sobre el propio carácter.

Cualquier padre que quiera ser mejor cada día no puede ignorar el papel protagónico que juega su carácter cuando educa a sus hijos. Y esto es muy importante, porque no siempre nuestra intención va a ser “el bien de nuestros hijos”, sino otro tipo de interés. “Por ejemplo”, dice Poli, “pueden tener como motivación inconsciente el deseo de ser admirado por los aciertos y éxitos de los hijos, o bien la necesidad de “mantenerlos unidos a uno mismo” más de cuanto exija su verdadero interés”.

Si nosotros queremos realmente ser cada día mejores educadores, debemos trabajar en nuestro carácter para que esté cada vez más de acuerdo con los valores educativos que queremos practicar y que tengan como consecuencia el bien de nuestros hijos. “Para esto es indispensable conocerse con realismo, buscar progresivamente una visión clara de nuestros puntos débiles, de los aspectos del carácter que nos impiden ser el padre que deseamos y que consideramos que deberíamos ser, para evitar “equivocarse de buena fe””, dice el autor.

Finalmente, debemos tener algo muy presente: si queremos ser buenos padres, debemos evitar cometer errores educativos porque así estos no hayan sido intencionales, son errores y, como tales, traen consecuencias negativas en la formación de nuestros hijos.

 2. Conocer nuestros temores y nuestras limitaciones

En algún momento de nuestra vida tal vez nos vamos a sentir un poco frustrados sobre nuestra labor como educadores y muy lejos del modelo de padre que soñábamos ser, porque nos ganan nuestros miedos irracionales o nuestros impulsos, que van en contra de la meta de educar bien a nuestros hijos.  Y por eso es muy importante escuchar nuestros pensamientos más escondidos que pueden limitar nuestra eficacia educativa.  “Comprenderse a uno mismo y dar el nombre exacto a nuestras motivaciones interiores ayuda a liberarse gradualmente del condicionamiento que algunas dinámicas emotivas profundas pueden ejercer sobre nuestro estilo educativo”, afirma Poli.

 Vamos a usar un ejemplo del mismo autor. Un niño de ocho años coge la mano de su madre y le lleva, a su pesar, ante el escaparate de una tienda de ropa. Señalando un sweater rojo, repite con insistencia: “Quiero ese sweater; lo quiero ahora; ¡Cómpramelo!”. En ese momento la madre debe dejar que afloren sus sentimientos menos palpables, darse cuenta de lo que le ocurre, qué sentimientos le llevarán a contentar a su hijo y cuáles le desaconsejan acceder a la petición del niño.

 En una situación semejante, un padre, por ejemplo, podría sentir aflorar la necesidad de hacerse perdonar el castigo impuesto al hijo el día anterior (sentimiento de culpabilidad). Otro padre podría sentir aflorar el miedo de que su hijo, sin esa prenda, pueda sentirse inferior a sus amigos. Otro, al contrario, podría imaginar que el niño será envidiado.  “En estos tres casos, pensamientos como: el niño no tiene realmente necesidad del jersey, me parece un capricho, quizá cuesta demasiado, pasan a un segundo plano”, finaliza el autor.

 3.  Los afectos como virus

Miedos (tengo miedo de que no me quiera, tengo miedo de que piense que soy mal padre, etc.), las culpas (me siento culpable porque trabajo mucho, me siento culpable porque le di un hermano muy rápido etc.), nuestro pasado (mi papá fue muy estricto, yo era así de chico, etc.), entre muchísimos más, son virus –como los llama Osvaldo Poli—que afectan nuestra capacidad de actuar con firmeza. Por eso es muy importante analizar qué realmente nos mueve para poder luchar contra aquello que no nos ayuda a educar.

 No va a ser raro que nos sintamos molestos de darnos cuenta de que hemos estado actuando mal. Pero nunca es tarde. “En realidad, comprobar y aceptar nuestra limitaciones es una liberación (…). El disgusto experimentado nos asegura, precisamente, que no estamos marcados por completo por nuestros errores y que lo mejor de nosotros mismos, el deseo de querer a nuestros hijos con mayor decisión, inteligencia y fuerza, permanece todavía misteriosamente intacto”, afirma Poli.

Siempre hay formas de retomar el camino. El simple hecho de sentir o querer hacerlo mejor es la manera de admitir serenamente que hemos tenido errores educativos. Educar no se trata de seguir reglas pedagógicas al pie de la letra. Nada va a funcionar si en el fondo no estamos educando con único motivo que vale: el amor a nuestros hijos y la búsqueda de su bien.

La Mamá Oca 

 


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