La guerra de los caprichos

Foto: La Mamá Oca

Uno de los “males” que generan una educación permisiva son los famosos caprichos. “Los caprichos son deseos vehementes, irreflexivos y fugaces que experimentan de súbito los niños. Es una fase relativamente normal en su proceso de maduración y suele darse con especial fuerza a partir, sobre todo, de los tres años”, nos dice Pablo Garrido Gil, en su libro Educar en libertad y responsabilidad.

Los caprichos son pequeñas pruebas que nos ponen los hijos para ver hasta dónde podemos llegar. ¿Cómo darnos cuenta de que lo que nos pide nuestro hijo es un capricho? “Lo bueno de los caprichos es que, tan pronto como vienen, se van, de manera que, si les decimos que no, probablemente, a los cinco minutos se les haya olvidado”, dice el autor. Otra forma es comprobar que si le damos lo que pide, al poco tiempo ya se ha cansado de ella.

¿Cómo debemos reaccionar los padres ante un capricho? Primero, no debemos ceder, pues el niño se sentirá cada vez con más poder. Tampoco debemos sentir pena y pensar que nuestro hijo va a sufrir si no le damos lo que quieren. “Los caprichos hay que negárselos, pues siempre recaen sobre cosas innecesarias y prescindibles. Al contrario, si aprendemos a decirles que no, aprenderán que las cosas no se consiguen con llantos e insistencias. De lo contrario, su nivel de tolerancia ante la frustración descenderá al mínimo y eso no es bueno para su vida futura”, afirma Garrido Gil.

Recuerden que el tener límites desde pequeño ayuda a reforzar la voluntad y en el futuro tendrán más herramientas para elegir con criterio lo que de verdad vale la pena. Sin embargo, de vez en cuando es bueno dar algún regalo. “Tampoco debemos negárselo absolutamente todo por sistema. Da muy buen resultado darles alguna vez alguna sorpresa, tal vez con aquello de lo que se encapricharon un día y ya ni se acordaban de ello, pero hacerlo porque les queremos y para disfrutar juntos de ello. Entonces sí lo apreciarán y se sentirán más contentos”, nos dice el especialista.

Finalmente, si nuestro hijo se bloquea en pleno capricho, no es bueno razonar con él  en ese momento. Es mejor si cambiamos de tema y, cuando se le haya pasado, entonces conversar  y tratar de razonar. Recuerden que no hay reglas fijas pues cada niño es diferente.

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