¿Qué hacer para cambiar nuestro estilo educativo?

Muchos padres se preguntan cómo hacer para cambiar un estilo educativo incorrecto cuando ya han pasado varios años de aplicarlo. ¿Cómo pasar de una permisividad extrema a una educación con límites, por ejemplo? Pues lo esencial es vernos a nosotros mismos como personas y ver cuáles son los motores que nos guían a la hora de educar. Aquí algunas pautas para hacer el gran cambio.

¿Cuál es el fin que tenemos la gran mayoría de los padres para educar a nuestros hijos? Pues su propio bien. Todos queremos educarlos de la manera correcta pero no siempre tenemos en el grado máximo las capacidades psicológicas necesarias para llevar a la práctica esta tarea.

 ¿Qué puede jugar en nuestra contra? Nuestro carácter, nuestros miedos, nuestras necesidades o nuestra personalidad. Como bien afirma Osvaldo Poli, en su libro “No tengas miedo a decir no”,de hecho, nuestra acción educativa puede estar movida por motivaciones “inconsistentes”, inconscientes e inadvertidas, que pueden hacer ineficaz, aunque sea solo parcialmente, el deseo de educar bien a los hijos. Una motivación psicológica “oculta”, o poco consciente, puede afectar gravemente a nuestra capacidad educativa, llevando a los padres asumirá actitudes educativas poco oportunas”.

1. Trabajar sobre el propio carácter.

Cualquier padre que quiera ser mejor cada día no puede ignorar el papel protagónico que juega su carácter cuando educa a sus hijos. Y esto es muy importante, porque no siempre nuestra intención va a ser “el bien de nuestros hijos”, sino otro tipo de interés. “Por ejemplo”, dice Poli, “pueden tener como motivación inconsciente el deseo de ser admirado por los aciertos y éxitos de los hijos, o bien la necesidad de “mantenerlos unidos a uno mismo” más de cuanto exija su verdadero interés”.

Si nosotros queremos realmente ser cada día mejores educadores, debemos trabajar en nuestro carácter para que esté cada vez más de acuerdo con los valores educativos que queremos practicar y que tengan como consecuencia el bien de nuestros hijos. “Para esto es indispensable conocerse con realismo, buscar progresivamente una visión clara de nuestros puntos débiles, de los aspectos del carácter que nos impiden ser el padre que deseamos y que consideramos que deberíamos ser, para evitar “equivocarse de buena fe””, dice el autor.

Finalmente, debemos tener algo muy presente: si queremos ser buenos padres, debemos evitar cometer errores educativos porque así estos no hayan sido intencionales, son errores y, como tales, traen consecuencias negativas en la formación de nuestros hijos.

 2. Conocer nuestros temores y nuestras limitaciones

En algún momento de nuestra vida tal vez nos vamos a sentir un poco frustrados sobre nuestra labor como educadores y muy lejos del modelo de padre que soñábamos ser, porque nos ganan nuestros miedos irracionales o nuestros impulsos, que van en contra de la meta de educar bien a nuestros hijos.  Y por eso es muy importante escuchar nuestros pensamientos más escondidos que pueden limitar nuestra eficacia educativa.  “Comprenderse a uno mismo y dar el nombre exacto a nuestras motivaciones interiores ayuda a liberarse gradualmente del condicionamiento que algunas dinámicas emotivas profundas pueden ejercer sobre nuestro estilo educativo”, afirma Poli.

 Vamos a usar un ejemplo del mismo autor. Un niño de ocho años coge la mano de su madre y le lleva, a su pesar, ante el escaparate de una tienda de ropa. Señalando un sweater rojo, repite con insistencia: “Quiero ese sweater; lo quiero ahora; ¡Cómpramelo!”. En ese momento la madre debe dejar que afloren sus sentimientos menos palpables, darse cuenta de lo que le ocurre, qué sentimientos le llevarán a contentar a su hijo y cuáles le desaconsejan acceder a la petición del niño.

 En una situación semejante, un padre, por ejemplo, podría sentir aflorar la necesidad de hacerse perdonar el castigo impuesto al hijo el día anterior (sentimiento de culpabilidad). Otro padre podría sentir aflorar el miedo de que su hijo, sin esa prenda, pueda sentirse inferior a sus amigos. Otro, al contrario, podría imaginar que el niño será envidiado.  “En estos tres casos, pensamientos como: el niño no tiene realmente necesidad del jersey, me parece un capricho, quizá cuesta demasiado, pasan a un segundo plano”, finaliza el autor.

 3.  Los afectos como virus

Miedos (tengo miedo de que no me quiera, tengo miedo de que piense que soy mal padre, etc.), las culpas (me siento culpable porque trabajo mucho, me siento culpable porque le di un hermano muy rápido etc.), nuestro pasado (mi papá fue muy estricto, yo era así de chico, etc.), entre muchísimos más, son virus –como los llama Osvaldo Poli—que afectan nuestra capacidad de actuar con firmeza. Por eso es muy importante analizar qué realmente nos mueve para poder luchar contra aquello que no nos ayuda a educar.

 No va a ser raro que nos sintamos molestos de darnos cuenta de que hemos estado actuando mal. Pero nunca es tarde. “En realidad, comprobar y aceptar nuestra limitaciones es una liberación (…). El disgusto experimentado nos asegura, precisamente, que no estamos marcados por completo por nuestros errores y que lo mejor de nosotros mismos, el deseo de querer a nuestros hijos con mayor decisión, inteligencia y fuerza, permanece todavía misteriosamente intacto”, afirma Poli.

Siempre hay formas de retomar el camino. El simple hecho de sentir o querer hacerlo mejor es la manera de admitir serenamente que hemos tenido errores educativos. Educar no se trata de seguir reglas pedagógicas al pie de la letra. Nada va a funcionar si en el fondo no estamos educando con único motivo que vale: el amor a nuestros hijos y la búsqueda de su bien.

La Mamá Oca 

 


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