Archivo mensual: julio 2012

La autoestima de los 6 años hasta la pubertad

Texto tomado y adaptado del libro “Cómo se educa una autoestima familiar sana” de Cynthia Hertfelder

Ahora ya es capaz de separar fantasía y realidad, yo y los otros, lo posible y lo imposible (de una forma básica). Su lógica es ahora como la de cualquier adulto, pero con la salvedad de que está ligada a lo concreto.

El mundo de la abstracción le resulta todavía, en gran medida, ajeno, pero ya tiene adquirida la noción de causalidad; es capaz de comprender que a una causa le sigue un efecto, por tanto es capaz de comprender que cada una de sus acciones tiene unas consecuencias, aunque todavía no entiende bien cuales. Esto quiere decir que necesita experimentar las cosas por sí mismo, que necesita ver y tocar para conocer y comprobar que algo es verdad.

A partir de los seis años, el niño ya es capaz de comenzar a apreciar sus propias realizaciones. La consecuencia inmediata es que es capaz de apreciar la verdad que hay en la valoración que sus padres y profesores hacen de ellas y también es capaz de apreciar la diferencia que hay  con las realizaciones de sus otros compañeros en el colegio. Es decir empieza a comparar. Y en esa comparación se encierra un enorme riesgo, si los padres y profesores no están muy atentos.

Ahora, al niño no le basta que le digan que esto está muy bien, él ya ve si está bien o no,o si está mejor o peor que lo que ha hecho el otro niño. Por descontado que sigue necesitando el reconocimiento de aquellos que para él son importantes, padres y profesores, pero necesita que ese reconocimiento se asiente sobre unas bases nuevas. Estas nuevas bases serán:

  • La valoración real de sus realizaciones y conductas, es decir, debe experimentar  y aprender a valorar éxitos y fracasos propios.
  • El aprendizaje de que él es distinto de sus realizaciones y conductas, es decir, que haga cosas mal no quiere decir que sea malo o incapaz de hacerlas bien.
  • El aprendizaje de que él es querido no por sus realizaciones (triunfos o fracasos), sino por el mismo, sin condiciones ni amenazas.
  • El aprendizaje de que el éxito real en sus realizaciones estriba en el esfuerzo real que en ellas ha puesto, y comprueba que eso es así para los que le quieren.
  • El aprendizaje de que puede mejorar, pero esa mejora no es la condición para ser querido, al contrario, porque es querido se esfuerza, porque percibe la confianza que en él se deposita.
  • El aprendizaje de que las cosas las debe hacer lo mejor posible para el mismo, y no para competir con los demás.

El niño en este momento debe aprender a reconocer paulatinamente sus capacidades, optimizando sus posibilidades sin la presión de no ser como los demás; aceptando esta diferencia como algo positivo y enriquecedor.

Piénsese que, hasta los seis años, la motivación residía en el placer que el niño experimentaba con la  simple manipulación. Es decir la motivación residía en la misma actividad. Ahora no, ahora necesita poder valorar él mismo sus éxitos para sentirse seguro. Por ello nos encontramos en el momento clave para enseñar a atribuirse de forma adecuada éxitos y fracasos.

El estilo atribucional que aprenda en este momento será básico en etapas  posteriores de su desarrollo, sobre todo, en la adolescencia. El niño debe aprender que no se puede pretender controlar todo, y que el éxito no depende casi nunca de factores externos a él mismo o internos a él mismo. De esta manera habrá que irle enseñando que las posibilidades, en cada caso, serán:

  1. Causas internas estables: soy inteligente.
  2. Causas internas variables: me he esforzado poco.
  3. Causas externas estables: el profesor exige de esa manera.
  4. Causas externas variables: un niño me cogió el examen.

Por otra parte la forma de conocimiento del niño ya no es solo a través del juego. Ahora debe esforzarse y, en función del esfuerzo, los resultados son de un tipo o de otro. Y el esfuerzo no siempre es agradable por sí mismo. Debe aprender a valorar el esfuerzo por el valor que le dé resultado que quiere obtener. Las cosas ya no se hacen porque sí, ni solo porque a mamá o a papá le gustan, sino porque son valiosas.

Por eso, jamás debe sentirse engañado cuando se juzga algo de lo que él ha hecho, perdería la confianza en la persona que le engaña, aunque esta lo haga con la buena voluntad de no defraudarle. La confianza se comenzará a buscar entonces en otros que sientan no les engañan, como los compañeros. O lo que es peor, buscará a toda costa sentirse bien, sobre todo, a través de resultados excelentes.

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De 3 a 6: ¡Súbele la autoestima!

Los primeros años de vida son fundamentales para que el niño adquiera seguridad en sí mismo, para que aprenda a auto valorarse y verse como alguien capaz de superarse en cada reto. Nuestra actitud y la valoración que hagamos sobré él y sus actos tienen un papel fundamental en este logro.

En estas edades nuestros hijos ya han dejado de ser bebes y se van convirtiendo en pequeñas personitas. Comienzan a desarrollar una personalidad que va a depender, en un porcentaje muy alto, del modo en el que les tratemos y les veamos.

Muchos expertos afirman que las edades más importantes para el desarrollo de la autoestima son la niñez temprana y media (de tres a diez años). En esta etapa, los niños se concentran en los sentimientos que tienen respecto a ellos mismos y su valor personal. Crearán su auto concepto y autoestima a partir de nuestras valoraciones. Por ello debemos cuidar especialmente su desarrollo y asegurarnos de proporcionarles una autoestima fuerte. De esto dependerá que sean niños seguros y decididos, ya que todo lo que se consigue en este periodo puede sellar su conducta y su postura hacia la vida en la edad adulta.

Refuerzo positivo

Para que nuestro hijo desarrolle una autoestima fuerte, es necesario valorar todo aquello que hace bien y en lo que destaca. Si no apreciamos positivamente sus conductas, no sabrá si éstas son buenas o menos buenas y, por tanto, si está o no haciendo bien las cosas.

Esta valoración debe ser diaria, constante y natural. Todos los días hay alguna conducta positiva que potenciar y destacar, incluso aquellos días en lo que los niños se han portado peor. Hay que pararse a pensar y analizar cada jornada y seguro que lograremos encontrar algo que recalcar. Si de manera habitual hacemos el ejercicio de encontrar aspectos positivos que valorar y subrayar en nuestros hijos, llegará un momento en que se haga de manera natural, estableciendo un estilo educativo basado en el refuerzo positivo.

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 ¿Cuándo hay que elogiarle?

Al niño hay que elogiarle siempre. Toda conducta positiva debe ser celebrada. Será el único modo que tenga el niño de saber que eso que está haciendo está realmente bien y que es así como debe comportarse. No hay una edad determinada ni un momento específico, sino que todas las edades y todos los momentos son oportunos y adecuados. Los niños con autoestima alta cuentan con una ventaja por encima de todo, que es la felicidad: son niños más alegres y felices. Por otro lado, se sienten competentes, más seguros de sí mismos y valiosos. Esta seguridad, en un futuro les ayudará a :

  • Ser responsables.
  • Tener muy claro hacia dónde van y qué quieren lograr.
  • Confiar más en sí mismos.
  • Contar con más fuerza y recursos para luchar y tratar de lograr sus objetivos, así como para resolver posibles dificultades que se les puedan presentar.
  • Ser emocionalmente más fuertes.
  • Comunicarse con fluidez.
  • Saber mantener relaciones sociales más estables y duraderas.
  • Ser más optimistas y contagiar esa actitud a los demás.

 Te queremos tal como eres

La seguridad es fundamental para alcanzar el éxito. Para que se valore a sí mismo y se considere capaz de hacer esto y aquello, es primordial que se sienta seguro, aceptado y querido por los que le rodean.

Unos padres excesivamente exigentes pueden lograr que un niño con unas capacidades extraordinarias no consiga más que sacar los cursos raspando. Otro más normalito podrá obtener las mejores notas, porque sus padres lo han aceptado tal como es y han orientado sus expectativas hacia aspectos muy concretos de su desarrollo.

El niño necesita comprobar que le quieren por ser él, no por sacar buenas notas o no romper platos. No sería nunca aconsejable que pensara que debe cumplir las expectativas de sus padres para comprar su cariño o confianza.

En cambio, no es malo que las conozca, si son razonables y posibles para él, porque le proporcionarán también la oportunidad de luchar y obtener unos éxitos que darán un alegrón a los papás. Si el pequeño se siente querido y aceptado, tendrá una actitud más positiva, será capaz de ponerse metas realistas y, de ese modo, auto motivarse para alcanzar otras aún más altas.

¡Puedes con todo!

Nuestro hijo agradecerá y responderá también mucho mejor con un gesto de aprobación y unas palabras de ánimo con el grado justo de reproche, que con cuatro gritos y un castigo rápido e inapelable. La clave del éxito en la educación de la autoestima de nuestros hijos está en el clima que se establezca con los adultos que le rodean.

Mucho más efectivo que levantar la voz –o peor, la mano—es emplear los elogios y la motivación. Un “¡Tú puedes, campeón!” puede lograr que el niño llegue mucho más lejos de lo que él y nosotros mismos hubiéramos nunca pensado. Esta expresión u otras similares no deben faltar nunca en nuestros labios. Cuanto más desastre sea el pequeño, más necesitará oír esas palabras de ánimo y, sobre todo, comprobar que nosotros tenemos confianza en él.

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Reñirle sin herirle

Cuando nuestro hijo comete un error debemos hacérselo saber –y procurar que no vuelva a cometerlo–, pero no transmitirle que es mejor o peor por esto. No debemos juzgarle. Es importante explicarle bien por qué no debe comportarse así y, a su vez, decirle cómo debe hacerlo para que en la siguiente ocasión actúe correctamente. Es necesario exigirle con cariño y darle la seguridad de que le queremos igual, independientemente de cómo se haya comportado. Tampoco debemos temer reñirle ni pensar que le vamos a frustrar. No les frustramos con un NO, en cambio, el no hacerlo sí que le puede perjudicar.

Lo importante en todo proceso de crecimiento de nuestro hijo es que le demos la posibilidad de ser, de sentirse bien consigo mismo, contando en todo momento con nuestro afecto, cariño, valoración de sus cualidades y apoyándole cuando algo vaya mal. Para eso, es necesario conocerle cada día favoreciendo los encuentros, las conversaciones y el contacto físico.

Conchita Requero

Tomado de Revista Hacer Familia No. 204

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La autoestima de 3 a 6 años

La autoestima de 3 a 6 años. Foto: La Mamá Oca

La autoestima desde el nacimiento hasta los seis años, aproximadamente, se construye como  en espejo a través de la imagen que el niño recibe de sí mismo de sus padres.

Durante esta etapa, la forma de conocer el niño es muy particular. Los sentidos siguen jugando un papel muy especial, pero el niño ahora ya ha construido una primera imagen de sí mismo, por lo que comienza a ensayar cómo construir una imagen lógica de la realidad que le rodea.

  • Necesita comenzar a darle sentido a las cosas, pero lo hará de una forma infantil, ilógica desde una óptica adulta; se trata de una etapa que algunos  psicólogos llaman preoperacional.
  • Ya realizan operaciones, pero su lógica es prelógica. Construye explicaciones “lógicas”, pero con su lógica. Busca razones, y de las explicaciones lo más importante para él es el hecho de que le den una explicación, no importa la que sea.
  • Le importa más la persona que le da la explicación que la propia explicación.
  • Necesita empezar a darse un sentido, encontrar su lugar en el mundo. Y su lugar en el mundo necesariamente pasa por su lugar en su propia familia.
  • El niño ahora está, básicamente, ocupado en “ordenar” la realidad, que pasa por “ordenar su realidad” primero.
  • El orden se traduce en la necesidad de vivir hábitos de conducta a través de los cuales saberse bueno y garantizar el amor de sus padres.
  • Su forma de conocer es, básicamente, a través del juego, y en el propio juego reside la recompensa por la actividad realizada.
  • Jugar y conocer son cosas diferentes. No tiene la noción de tener que esforzarse para aprender, porque aprender y vivir son la misma cosa.

Como su lógica es propia, la seguridad la construirá, básicamente, sobre las personas que le  proporcionan amor y atención.

Por otra parte, como ya se sabe, una persona distinta, para afirmar su identidad incipiente comienza a rebelarse contra los demás, contra las personas que para él representan la autoridad, sobre todo, sus padres. Se trata de una primera y necesaria crisis de oposición que se manifiesta habitualmente por medio de rabietas y de la repetición incansable de una infinidad de “noes”.

  • Es el momento en que trata de imponer su voluntad en pequeñas cosas.
  • Es el momento en que comienza a percibir claramente que puede querer cosas diferentes de las que en cada momento le imponen sus padres.
  • Es el momento en que comienza a manifestar sus emociones, sus deseos, no solamente las relacionadas con cubrir sus necesidades básicas (hambre, sueño, etc.), sino las provenientes de sus necesidades que se crea en función de su particular firma de ver la realidad. De ahí la sensación de capricho con la que los adultos podemos percibir esas demandas por parte del niño.

El niño debe comenzar a aprender a controlar sus emociones, y para ello necesita, además de modelos adultos, exigencia, cargada de cariño y comprensión, por parte de sus padres. La lógica el razonamiento, como estamos viendo, en este momento no es lo mejor.

Las rabietas no son sino una explosión emocional, una llamada de atención hacia algo que no consigue obtener y se desea por encima de todo. Es ahora cuando el niño comienza a medir sus fuerzas con lo demás, en particular, con aquellos que para él representan la autoridad. Será ahora cuando los padres habrán de plantearse qué tipo de respuesta le van a dar a esas demandas de su hijo, debiendo ser conscientes de que en esas respuestas reside el primer modelo para el niño de control emocional.

Como conclusión, la noción de seguridad en este periodo se sigue apoyando en los padres, y en la imagen que estos le han ido transmitiendo de él mismo, como bueno, amable, capaz, inteligente, etc. Si los padres le transmiten una imagen positiva y esperanzadora de sus posibilidades, y a la vez le permiten ir comprobando su capacidad de realizar cosas adecuadas a sus posibilidades mediante una exigencia constante y coherente,

El niño se verá a sí mismo como capaz y, lo que es más relevante, se sentirá seguro.

Tomado del libro “Cómo se educa una autoestima sana” de Cynthia Hertfelder.

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La autoestima: de 0 a 3 años

Desde el nacimiento la autoestima se va construyendo. En esta edad, es sintiéndose queridos. Foto: La Mamá Oca

En esta etapa lo más importante para ir construyendo los pilares de una autoestima sana es la presencia física de la madre. Pero no sólo que esté parada a un costado, sino que el niño necesita que su mamá lo cargue, lo abrace, le dé de comer, lo bañe, etc. Y todo esto no debe hacerse de forma automática, debe hacerse con amor pues en esta edad no basta con que se cubran sus necesidades para un desarrollo óptimo: debe sentirse querido. A esta especial forma de vinculación madre-hijo, la psicología moderna la denomina apego infantil. Y está demostrado que en gran medida es la base de la autoestima futura. La primera seguridad del niño proviene de sentirse querido por su madre.

¿Y el rol del papá?

El papel del papá durante los primeros tres años es muy rico. Sin embargo, no está bien explotado. Nadie pone en duda que el rol de la mamá es esencial en el apego del bebé, pero ejercer la paternidad y educar al niño es un derecho de ambos padres y una NECESIDAD del recién nacido.

Y aquí la madre tiene un poco más de trabajo porque ella se debe preocupar de hacer que el papá participe plenamente en la crianza del bebé. Como dice Cynthia Hertfelder en su libro Cómo se educa una autoestima familiar sana“Es más, a la madre le toca realizar un papel básico para hacer participe pleno al padre en el hecho de su paternidad. El padre debe ser ayudado por la madre de una forma especial y profunda, en cuanto revierte directamente en la asunción de su rol de padre. Es una manera de ayudar a crecer en virtudes al marido, al proporcionarle la oportunidad de vivir de la forma más responsable y plena su paternidad; y cuya consecuencia directa es el refuerzo de los lazos del amor entre los propios cónyuges”. Así, esos padres que piensan que su “labor” se inicia cuando el niño empieza a caminar o a hablar, deben cambiar su forma de pensar y empezar a ser papás ya mismo.

¿Cómo se conocen a esta edad?

Una persona con una autoestima sana es aquella que se conoce bien. Y este aprender a conocerse empieza desde niños, inclusive desde esta primera esta. Pero, ¿cómo se puede conocer a sí mismo un niño tan chiquito? La autora nos dice:  “El niño, cuando nace, tiene como tarea fundamental aprender a conocerse a sí mismo; comer, dormir, reconocer las caras que le quieren, andar, hablar, controlar sus esfínteres. A la forma de inteligencia de este periodo se le llama inteligencia sensomotora, porque su forma de conocer y construir la realidad es, básicamente, a través de sus sentidos. El primer aprendizaje es conocer su propio cuerpo e identificarse  a sí mismo a través de él”.

Pero esta tarea no la hacen solitos. Nosotros debemos proporcionarle a nuestros hijos la oportunidad de conocerse a si mismos, dándoles espacios para moverse libremente y para que aprendan a medir sus posibilidades de manejar su entorno.

En conclusión y, desde el punto de vista práctico, Hertfelder nos dice: “la seguridad proviene de haber aprendido a reconocer su propio cuerpo y haber aprendido a “usarlo” adecuadamente. Pero esto no será ni lo único ni lo más importante, la primera noción de seguridad afectiva provendrá del recibir el amor de sus padres –de su madre, sobre todo–, y de tener sus necesidades básicas cubiertas”.

Más sobre la autoestima:

La autoestima de 3 a 6 años

La autoestima de los 6 años a la pubertad

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