Archivo mensual: agosto 2012

Cuerpos a medio hacer

Por Alfonso Aguiló. Hacer Familia nº 213, 1.XI.11

He releído “La vida sale al encuentro”, una magnífica novela de José Luis Martín Vigil publicada en 1955, que marcó a varias generaciones hasta llegar a ser un clásico de la literatura española de posguerra.

Es una narración en primera persona de Iñaqui, un muchacho de quince años que estudia en el Colegio Apóstol Santiago de Vigo en el año 1951. Su relato es todo un despliegue adolescente que va descubriendo las emociones de la vida y su drama, el amor y la muerte de los seres queridos, las formidables luchas entre su gran corazón y sus incontrolables pasiones. Las descripciones tienen una gran riqueza de matices afectivos, que permiten seguir todo el proceso de interiorización de los conflictos que le van curtiendo en su transformación vital. No es una novela piadosa ni sentimental, pero sí de sentimientos y de ideales. Su impronta pedagógica es muy importante. Quizá llaman la atención algunas cosas que eran normales en los años cincuenta y ahora no lo son. Es obvio que los tiempos han cambiado, pero se mantiene lo principal, pues la juventud sigue siendo etapa de metas elevadas, de exigencias fuertes y de ejemplos claros.

El Padre Urcola orienta a unos muchachos que, como todos, son muy vulnerables a las emociones y a los impulsos propios de su edad, y ellos mismos descubren la importancia de contar con un consejero experto y certero en esa etapa tan decisiva de sus vidas. Les habla de todas esas luchas interiores, de esas pequeñas victorias que los van transformando poco a poco en personas adultas, y les hace ver cómo ninguna de esas victorias queda sin registrar en el libro de la propia vida, esa historia que nunca miente. Les va enseñando a encajar el dolor y les desvela la importancia del sacrificio si quieren conseguir algo que merezca la pena. Sin moralismos simples, les hace comprender que, estando como están, metidos en cuerpos a medio hacer, quizá tenidos en menos por los mayores, o por los que se creen serlo, han de demostrar su verdadera madurez encauzando su inconformismo a combatir en primer lugar su propia mediocridad.

Lo fundamental que describe la novela siegue siendo totalmente válido. La gente joven anhela mucho más, hoy igual que sucedía hace cincuenta o sesenta años, o hace cien. Están forjando sus vidas y han de demostrar su valor. Necesitan que se les hable con sinceridad, con exigencia, con confianza. Hay que darles menos consejos y más responsabilidad, menos teorías y más ejemplo, menos divagaciones y más coherencia. No hay que ponerles las cosas fáciles, hay que hablarles como a adultos, sin sermonear, sin mirarles por encima del hombro, sin darles lecciones, sin añorar viejos tiempos ni creernos mejores que ellos.

No necesitan de explicaciones pazguatas sobre obviedades sexuales que conocen perfectamente, sino ayudarles a descubrir modos mejores de entender el amor. No necesitan dinero sino disciplina que les permita escapar de la trampa de la dependencia en la que muchos han caído. En el trabajo y en su formación necesitan paciencia y oportunidades, y saben que tienen que aprender de sus errores y pagar por ellos si es preciso.

La vida excesivamente confortable ha retrasado la llegada de la madurez y ha infantilizado ya a demasiada gente. Necesitan y aceptan la autoridad y la disciplina, quieren reglas de juego claras, austeridad, más ambiente de trabajo y menos contemplaciones. Entienden la exigencia y la templanza, la necesitan. El problema quizá es que a muchos adultos les cuesta más que a ellos mismos crear ese ambiente sobrio y riguroso que tanta falta hace a todos.

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Trabajo y matrimonio: puestos en la misma balanza

Ilustración del libro “Ternura y firmeza con los hijos”

¿Porque nos esforzamos tanto en conservar un empleo y no ponemos el mismo esfuerzo para mantener un matrimonio duradero? Resulta paradójico la comparación pero en opinión de la experta argentina en temas de familia, Rita Barros Uriburru, cada vez más se cae en la torpeza de “endiosar el empleo” y “banalizar el matrimonio” revelando una preocupante falta de jerarquía de valores en la sociedad actual.

Según Rita Barros, “es una gran hipocresía menospreciar el esfuerzo por solucionar los problemas familiares, y valorar al mismo tiempo, el sacrificio necesario para mantener un trabajo”. En ese sentido, la experta subrayó la necesidad de luchar y sacrificarse por sacar el matrimonio adelante, por construir día a día ese proyecto común que se lleva de a dos y en el que está en juego la felicidad de los padres y de los hijos.

Asimismo, precisó que es justamente la hipocresía el argumento preferido “y de moda” para justificar ahora el divorcio ya que se argumenta que es preferible “evitar la hipocresía” en vez que de que los cónyuges enfrenten problemas ‘indisolubles’.

“Aquí, observó, lo único que se evidencia es la capacidad egoísta del ser humano, quien no quiere asumir la responsabilidad de su matrimonio -que es para toda la vida- ya que le resulta más ‘practico’ cambiarse de pareja”.

Barros recalcó además que este argumento cae en profundas contradicciones, pues si queremos ser coherentes con nuestro discurso deberíamos rechazarla no sólo en el matrimonio, sino también en el trabajo y en las relaciones sociales.

“Tendríamos que estar de acuerdo en que debemos ser 100% sinceros con nuestra pareja y con nuestro jefe, con nuestros compañeros de trabajo y con nuestros clientes. Absolutamente sinceros, y por tanto -siguiendo la lógica de los divorcistas-, capaces de renunciar cuando las cosas se ponen mal, o de decirle a un cliente lo que realmente pensamos de él. Claro, que si eso sucediera, el índice de desempleo treparía del 16% al 90% en pocos días”, manifestó.

En esta línea, la experta cuestionó la jerarquía de valores de las familias ya que si somos capaces de tolerar a clientes inoportunos y molestos, a jefes neuróticos y exigentes, ¿porque no hacerlo, entonces, con nuestros cónyuges? ¿Por qué somos incapaces de reconocer que la falta de esfuerzo para superar los problemas matrimoniales implica inmadurez afectiva?, preguntó.

Barros aseveró que para quien trabaja a disgusto en una empresa es hipocresía bajar la cabeza muchas veces al día solo porque se necesita ganar un sustento económico. Y si esa actitud, continuó, en el trabajo se le llama esfuerzo, sacrificio y paciencia, pues en el matrimonio se le es llamada hipocresía tan sólo para justificar el divorcio, siendo ésta la mayor de las hipocresías.

Así, es imposible actualmente llamar esfuerzo, sacrificio y paciencia a la lucha diaria por sacar adelante un matrimonio, que siempre está enfrentando dificultades, y se cae en diálogos absurdos como “no nos entendemos bien; es mejor yo por mi camino y tu por el tuyo, como buenos amigos”, sin pensar en un momento en los hijos.

Camino duradero

El matrimonio es un compromiso superior al contrato laboral, ya que no en vano se lleva a cabo en un Registro Civil; se celebra delante de un juez, y se establecen responsabilidades muy importantes con respecto a la crianza de los hijos que puedan venir. Además, para los cristianos es un sacramento.

Hoy en día, la inestabilidad no sólo es exclusiva del sistema laboral sino también de la familia, concretamente del matrimonio. Verse de un día para otro sin trabajo no es peor que verse sin familia ya que el desempleo no provoca menores males que los que provoca el divorcio. Ahí la razón de porque muchos reinciden.

Sin embargo, hay una diferencia: las soluciones que las personas particulares pueden dar a la crisis económica son limitadas, pero es ilimitado el esfuerzo de que son capaces quienes -por amor- se empeñan tenazmente en superar las crisis matrimoniales. Porque en el matrimonio, siempre habrá problemas; encontrar las soluciones, siempre y en última instancia, es responsabilidad de los cónyuges.

Por tanto, se hace necesario que cada familia revise su jerarquía de valores, para no caer en el error de endiosar el empleo y paralelamente banalizar el matrimonio, imprescindible para el pleno desarrollo de todos los miembros de la familia.

Resulta una hipocresía, según la experta, “menospreciar el esfuerzo por solucionar los problemas familiares y valorar al mismo tiempo, el sacrificio necesario para mantener un trabajo o un cargo, cuando en muchas ocasiones, ello implica pasar por alto mil detalles para no enfrentarnos con el jefe, con los clientes o incluso con los votantes, en el caso de los políticos”.

“Cada cosa en su lugar”, aconseja Barros. “Incluso divorciarse resulta ser el peor negocio porque luego, hay que mantener dos o hasta tres familias al mismo tiempo”, puntualizó.

Fuente: http://www.aciprensa.com

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De 6 a 12 años: ¿Se acompleja o le acomplejas?

Alguno de nuestros hijos puede subestimarse al creerse inferior a los demás en su aspecto físico o intelectual, sintiéndose incapaz de estar a la altura de los demás. Esto le produce miedos y complejos, que a veces resultan difíciles de superar.

La época que por excelencia debería ser el tiempo más bello de sus vidas, la infancia, puede convertirse en un verdadero calvario. A partir de los ocho o nueve años los niños son capaces de valorar las reacciones que tienen los demás hacia ellos y discernir si son buenas o malas. Por esta razón, desde chiquitines debemos enseñarles a pensar por sí mismos y a decidir sobre algunas de las cosas que les afectan directamente. Sólo de este modo crecerán seguros de sí mismos y serán capaces de superar todos los rechazos que vengan del exterior.

¿LE ACOMPLEJAS?

En ocasiones, y con toda la buena intención del mundo, los padres proyectamos las propias ilusiones con los hijos, sin llegar a comprender que son personas distintas. Esa exigencia sin sentido se produce porque deseamos fervientemente que sean lo que no pudimos llegar a ser. Hablamos y hablamos sobre lo lejos que llegará: estudiará Medicina, como su madre; será un monstruo de las matemáticas, como la abuela; llegará a ser el mejor atleta entrenado por el abuelo, que fue seleccionador nacional; o directivo de una multinacional, como su padre. No hay lugar al desarrollo de la imaginación y de la fantasía, a los juegos de niños: sólo ocupaciones serias de acuerdo con un plan de futuro.

COMPLEJOS QUE SUFREN LOS NIÑOS

  • Complejos físicos

Los niños se comparan físicamente unos a otros, en altura, en el peso, porque quieren ser como los mejores, aquello que se anuncia en televisión, o como sus deportistas o actores favoritos. Ahí empieza el calvario para un niño cuyo peso, por ejemplo, sea un poco superior a la media de los de su edad.

  • Miedo al fracaso escolar

Los padres tienen tendencia a comparar las notas que traen los niños a casa con su futuro profesional y eso puede acarrearle al niño un sentido de culpabilidad y además un estado de ansiedad por pensar que no es capaz de sacar buenas notas y que su vida profesional será un fracaso.

  • Introversión

Hay niños que tienen miedo a relacionarse con otros compañeros porque les da miedo lo que piensen de ellos y que les rechacen. Se anticipan a lo que los demás puedan decidir sobre su persona y esto les lleva a inhibirse completamente.

 LOS DEFECTOS EXISTEN

Otra causa importante del complejo de inferioridad son los defectos: todo defecto físico, constitucional o adquirido con el paso del tiempo (miopía, sordera), o defecto psíquico (falta de memoria) puede constituir el punto de partida de un complejo de inferioridad; especialmente si los padres, hermanos o compañeros se burlan de él o lo desprecian.

Algunas veces no es necesaria una inferioridad real; puede bastar una característica un poco extraña para atraer sobre el pequeño los motes o apodos crueles (por inconscientes) de sus compañeros: el color del pelo, una estatura demasiado alta o demasiado baja, etc. Un tono de burla, una frase hiriente, aunque no tenga nada de razón, puede acomplejarle. El niño no puede desprenderse de todas esas etiquetas que le ponen y acabará haciéndose la idea de que, efectivamente, él es así. Su propio hogar debería ser un reducto de alegría y optimismo, un lugar para reponer fuerzas y autoestima; pero puede llegar a ser un lugar nefasto si unos padres inconscientes se dedican a resaltar, por sistema, estos mismos defectos.

EXIGENCIA A SU MEDIDA

El mejor modo para evitar que se formen complejos de inferioridad en los hijos consiste en evitar los errores de educación que los crean. Y esto no es fácil porque, en muchos casos, son los mismos padres los que sufrieron algún complejo de este tipo del que desean inconscientemente “resarcirse”. ¿Cuántas veces se dice ante cualquier defecto de los hijos: ¿“Yo a tu edad”…?

Cuando hablábamos de que una causa del complejo es la exigencia desorbitada no quiere decir que se deje a los hijos hacer lo les venga en gana. El secreto de la educación está en conseguir que quieran aquello que deben hacer. El muchacho no debe hacer lo que quiere, sino querer lo que hace.

Es evidente que nuestro hijo necesita que se le exija, pero no por encima de lo “posible”. Hay que llegar a un umbral en el que la exigencia sea lo suficientemente fácil para que el niño pueda cumplir y lo suficientemente difícil para que se supere. Así se avanza, pues el umbral irá elevándose.

 

CONTRA LOS DEFECTOS

Y si se trata de una inferioridad real –física o psíquica–, en vez de tratar de ocultarla a sus ojos con la vana esperanza de que pueda ignorarla para siempre, habrá que enseñarle a sublimarla y situarla en su justa importancia. Lo primero es un poco cobarde e irreal. Quizá en casa no se hable de ello, pero en la calle le acribillarán …y no se puede estar sobreprotegiéndole a cada momento.

Un chico que deba vivir con un defecto tiene mucho mérito y hay que hacérselo ver de este modo, para que tenga un alto concepto de sí. Cada cual presenta unas limitaciones, más o menos acusadas, que debe asumir y unas cualidades notables que hay que saber desarrollar y propiciar.

 PARA PENSAR

  • Toda comparación es odiosa, especialmente cuando es reiterativa y dejamos siempre por debajo al hijo, A su edad no se era mejor ni peor, sólo distintos.
  • Con solo pensar un poco no será difícil descubrir alguna cualidad del niño en la que sea posible apoyarse para ayudarle. Alguna afición especial, algún deporte en el que destaque, alguna virtud… Si se le reconocen los méritos verá el mundo con otros ojos y se sentirá rehabilitado.
  • Intentar elogiarle tres cosas al día. No hace falta esperar encontrar virtudes. Que vea que su familia está a su favor.
  • Cuando tenga algún defecto no hay que ocultarle lo que es una realidad: un defecto. Es algo que no puede ignorar. Al revés, tiene que superarlo y darse cuenta de que tiene mucho mérito saber llevarlo bien. Que se dé cuenta de que es una persona especial para que tenga un alto concepto de sí.

…Y ACTUAR

A veces, el complejo de inferioridad se revela con una excesiva timidez, con pereza, con accesos de rabia o con galimatías más o menos imaginativos que pueden llegar a poner muy nerviosos. En todo caso, hay que tratar de evitar siempre el reprender los hechos relacionados con el complejo, con los defectos, mediante comparaciones. Pero, por supuesto, no se puede dejar pasar que no cumpla con sus obligaciones como hacerse la cama, ser ordenado, etc.

Por María Lucea
Tomado de la Revista Hacer Familia 213

 

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7 consejos para un matrimonio maduro

1. El matrimonio es para amar. Y amar es una decisión, no un sentimiento. Amar es donación. La medida del amor es la capacidad de sacrificio. La medida del amor es amar sin medida. Quien no sabe morir, no sabe amar. No olvides: amar ya es recompensa en sí. Amar es buscar el bien del otro: cuanto más grande el bien, mayor el amor. Los hijos son la plenitud del amor matrimonial.

2. El amor verdadero no caduca. Se mantiene fresco y dura hasta la muerte, a pesar de que toda convivencia a la larga traiga problemas. El amor, ama hoy y mañana. El capricho, sólo ama hoy. Los matrimonios son como los jarrones de museo: entre más años y heridas tengan, más valen, siempre y cuando permanezcan íntegros. Soportar las heridas y la lima del tiempo, y mantenerse en una sola pieza es lo que más valor les da. El amor hace maravillas.

3. Toda fidelidad matrimonial debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración. La fidelidad es constancia. En la vida hay que elegir entre lo fácil o lo correcto. Es fácil ser coherente algunos días. Correcto ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de alegría, correcto serlo en la hora de la tribulación. La coherencia que dura a lo largo de toda la vida se llama fidelidad. Correcto es amar en la dificultad porque es cuando más lo necesitan.

4. Séneca afirmó: “Si quieres ser amado, ama”. El verdadero amor busca en el otro no algo para disfrutar, sino alguien a quien hacer feliz. La felicidad de tu pareja debe ser tu propia felicidad. No te has casado con un cuerpo, te has casado con una persona, que será feliz amando y siendo amada. No te casas para ser feliz. Te casas para hacer feliz a tu pareja.

5. El matrimonio, no es “martirmonio.” De ti depende que la vida conyugal no sea como una fortaleza sitiada, en la que, según el dicho, “los que están fuera, desearían entrar, pero los que están dentro, quisieran salir”.

6. El amor matrimonial es como una fogata, se apaga si no la alimentas. Cada recuerdo es un alimento del amor. Piensa mucho y bien de tu pareja. Fíjate en sus virtudes y perdona sus defectos. Que el amor sea tu uniforme. Amar es hacer que el amado exista para siempre. Amar es decir: “Tú, gracias a mí, no morirás”.

7. Para perseverar en el amor hasta la muerte, vive las tres “Des”: Dios. Diálogo. Detalles.

a. Dios: “Familia que reza unida, permanece unida”.

b. Diálogo, para evitar que los problemas crezcan.

c. Detalles: de palabra y de obra. “Qué bonito peinado”. “¿Qué se te antoja comer?” “Eres el mejor esposo del mundo”. “Hoy, la cena la hago yo”. “Nuestros hijos están orgullosos de ti”. El amor matrimonial nunca puede estar ocioso.

Por Ricardo Ruvalcaba – equipogama@arcol.org

Tomado de Aciprensa
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