El amor de los padres

Siempre que me piden en un colegio que desarrolle un plan de formación sobre temas de educación afectiva y sexual para los alumnos, explico que el primer eslabón son las familias, y en concreto los padres.

La primera referencia del mundo exterior que tiene un recién nacido es su madre y casi inmediatamente después, su padre. Cada nuevo niño que llega al mundo queda insertado en un amor primero, no merecido, incondicional. Este primer amor es que le va a dotar de una identidad; qué importante es el momento en que los padres decidimos qué nombre le vamos a dar a nuestro hijo. Pronto entenderá y podrá decir cómo se llama. Esta primera relación del ser humano al nacer es una relación de total necesidad. Y esto tiene una enorme significación: antes de ser esposos y padres, hemos sido hijos. Para amar, primero hemos sido amados. La escuela del amor ha sido la familia, han sido los padres.

El papel del padre y de la madre que en cada familia se desarrollará de un modo diferente, pero ambos son preciosos y necesarios, y quedarán siempre como un tesoro inagotable en la memoria de aquel niño que haya tenido la suerte de ser amado.

Pero hoy no me quería detener sólo sobre el amor que recibimos como hijos, o que damos como padres, sino que quería detenerme en la importancia del amor entre los padres. Los niños desde pequeños aprenden de las expresiones de afecto entre sus padres. De la relación entre ellos aprenderán a querer y respetarse, aprenderán a pedir perdón. Aprenderán a querer y ser queridos. Porque mientras el niño, sobre todo, recibe el amor incondicional de sus padres, entre estos, el amor que se dan requiere la libertad. Juan Pablo II insistía en que el marido y la mujer se daban el uno al otro como un don precioso: no se daban cosas, regalos tiempo…, se daban a sí mismos y, para darse, ponen en juego su libertad.

Actualmente cada vez más hay niños que tienen que aprender a vivir entre dos casas, y aparentemente, entre dos familias. En una ocasión una amiga mía que se acababa de separar me comentaba como sus hijos lo estaban llevando muy bien porque lo habían hecho de un modo muy civilizado y sin aparente discusión. Su hija de ocho años, en cambio, lo vivía con mucha confusión: mientras tanto le estaba comentando a mi hija que la iban a llevar a un orfanato…

Ante una situación triste y difícil mejor es no negarla. Reconocerla es el primer paso para comprenderla, y aprender a vivir con ella y superarla.

Por Ondina Vélez Graga

Directora del Máster de Educación Afectivo Sexual

Instituto CEU de Estudios de la Familia

Publicado en la Revista Hacer Familia #226

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