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¿Hay algo malo en leer?

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Es válido preguntarse esto. El hábito de la lectura es positivo para nuestros hijos, pero sí existen un par de situaciones negativas que podrían darse en el ejercicio de la lectura.

Primero: leer lo que no se debe. Debemos asegurarnos que lo que leen nuestros hijos sea lo adecuado para su edad, que no contenga falsedades ni errores doctrinales, ni tampoco inmoralidades. Un niño todavía no tiene la consciencia totalmente formada y puede verse influido negativamente por lecturas inadecuadas. La palabra escrita en un libro adquiere mucha autoridad y nuestros hijos quizá no estén listos para cuestionarla y solo van a creer en lo que diga.

El segundo aspecto negativo es leer cuando no se debe. El ocio solo tiene sentido después de haber cumplido con nuestras obligaciones, es la recompensa. A veces los niños a los que les encanta leer lo hacen a escondidas cuando deberían estar realizando tareas del colegio.

Tenemos que educar a nuestros hijos para que tengan la suficiente fuerza de voluntad de cumplir con sus obligaciones primero y ya después puedan dedicarse al ocio. Aunque no lo creas, hay niños que se exceden con la lectura y debes castigarlos quitándole el libro. Hay que evitar esos extremos.

(Fuente: Educar en el ocio y el tiempo libre de Pablo Garrido Gil)

Ilustración: http://www.freedigitalphotos.net

Otras notas sobre la lectura:

De 8 a 12 años: La edad de oro de la lectura

La lectura entre los 6 y los 7 años

La etapa prelectora: entre los 3 y 5 años

La lectura debe ser un hábito

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La etapa prelectora: entre los 3 y 5 años

Los niños deben empezar a leer en su tiempo de ocio desde muy temprano, incluso desde cuando todavía no pueden leer por sí mismos. Si tu hijo está entre el primero y el tercer año, sigue estos consejos para que crearle el hábito de la lectura desde pequeños.

– Elige para tu hijo libros sencillos, solo de imágenes, y juega con él a que reconozca las imágenes. Esta es una manera óptima de ampliar su vocabulario y de acostumbrarlo al formato del libro.

– Busca un libro fácil de manipular, de plástico o cartón duro, con colores vivos, donde lo principal sea el dibujo. Algunos incluso vienen con texturas o música.

– Ellos no son capaces de seguir una historia todavía, por ello es mejor jugar a encontrar al osito o al cocodrilo. Para un niño de dos o tres años, ¡esto ya es leer un libro!

Entre los tres y cinco años

A esta edad ya les podemos contar cuentos más simples a nuestros hijos. Debemos escoger cuentos bien ilustrados con imágenes realistas y poco texto. A esta edad es muy natural que nuestros hijos nos pidan que les contemos el mismo cuento muchas veces.

– También es buena idea que le pidamos a nuestros hijos que nos cuenten el cuento.

– Entre los 3 y los 5 años son buenos los cuentos clásicos y las fábulas porque ayudan a explicar los valores: cuentos de príncipes, princesas, hadas, animales, adivinanzas, trabalenguas sencillos, etc.

– Para inculcarles las ganas de leer hay que decirles: “Qué bien, dentro de poco serás capaz de leer todos los cuentos tú solo. ¡Qué bien la vas a pasar!”.

A esta edad también les encantan los cuentos de CD de audio, ideales para paseos largos de auto.

– Hay que llevarlos a bibliotecas o librerías infantiles donde los libros están por edades para que ellos escojan los libros y los vean con nuestra supervisión. Esto nos ayudará a conocer sus gustos.

Otros apuntes importantes sobre la lectura:

La lectura debe ser un hábito

Leer es bello

Educar en el ocio

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Leer es bello

Jóvenes Leyendo, un cuadro de Renoir

Reproduzco este texto parcialmente porque realmente es muy bueno y nos puede ayudar con la reflexión de esta familia. Fue publicado en la revista Fogli, de enero del 2010, pero el tema es vigente.

Leer es bello. Cuando los libros baten a la TV. 

Son las siete de la tarde y en la TV es la hora de los llamados «programas de la noche”, transmisiones que a grandes rasgos pueden dividirse en dos categorías: las que reparten millones de euros como si fueran cacahuetes a concursantes, por lo general de una ignorancia desconcertante, y aquellos que cuentan las aventuras de náufragos falsos que fingen pelearse por una falsa supervivencia delante de cámaras reales que documentan todo en beneficio de auténticos idiotas.

Pero en la casa donde nos encontramos la televisión está apagada y reina el silencio. ¿Cómo es posible, visto que en casa viven seis chicos de edades comprendidas entre los nueve y veintitrés años? ¿Por qué ninguno está frente a la mágica pantalla? ¿Dónde está el truco?

No hay truco ni engaño. Los seis están simplemente ocupados con un antiguo pasatiempo hoy casi completamente olvidado y abandonado, y que sin embargo reflorece misteriosamente aquí y allá y consigue apasionar todavía. Se llama lectura.

La casa es la nuestra y por eso lo sabemos bien. El milagro, por así llamarlo, ocurrió hace un par de noches. Lamentablemente no se repite todos los días, pero tampoco ha sido un caso aislado. Los seis chicos son nuestros hijos y los “culpables” somos nosotros dos, papá y mamá. Les hemos contaminado con el virus de la lectura.

Es una historia que comienza hace mucho tiempo, alimentada por un padre y una madre que nunca han tenido, por poner un ejemplo, ropa de marca o complementos a la última moda, pero nunca les ha faltado un libro. Esto ha contribuido a hacer de nosotros una familia cuando menos curiosa, como nos suelen recordar aquellos que cariñosamente nos comparan con una pequeña comunidad de pandas. Pero nosotros no creemos que somos una especie en peligro de extinción. Somos sólo una especie que no da que hablar.

Y si hacemos una excepción con estas líneas es principalmente para dar ánimo. ¿A quién? A todos aquellos que experimentan nuestra misma incomodidad en un mundo que no puede tolerar la presencia de seres vivos que todavía pueden ejercitar algunas funciones simples tales como pensar por sí mismos, hacer funcionar el sentido crítico, ejercer la capacidad de elección.

E indignarse por la escoria que producen, en cantidades industriales, los medios que sólo por convención todavía podemos llamar “de comunicación”, porque en realidad no contribuyen a formar una comunidad, sino sólo un número infinito de gente solitaria.

La lectura hace bien a la mente y al corazón, al cuerpo y al alma. Un niño que lee es menos agresivo y violento que uno que pasa horas delante de un pantalla, sea de la televisión o del video juego.

La lectura hace crecer la imaginación, deja volar la fantasía, invita a la creatividad. Para leer hacen falta conocimientos y reglas, como en la vida. Leer educa al cuidado. Existe un valor moral en una frase bien construida, en una palabra apropiada. Leer hace amar la palabra y amar la palabra es amar y amar al ser humano en su libertad y racionalidad. Además quién lee, nunca está solo.

Para enseñar el amor a la lectura un buen educador puede hacer muchísimo, pero un mal educador, por desgracia, puede hacer muchísimo pero en sentido contrario. Desde luego un método seguro para crear un no lector es obligarlo a leer.

El deseo de leer no llega al mismo tiempo para todos, hay ritmos diferentes. Es más importante acostumbrarse a la presencia de libros en casa, a considerar el libro un amigo y un compañero de juegos. El resto llegará a su debido tiempo. Una familia que ama los libros se inventa de todo.

Por ejemplo, hace un año – estábamos más o menos en esta estación del año – y a propuesta de Silvia, entristecida por la mala calidad de los programas televisivos, decidimos organizar veladas de lectura durante unos días. Después de cenar, en lugar de coger el mando a distancia y dedicarnos a esa actividad desesperante y compulsiva llamada zapping, se cogía un libro y a turnos cada uno de nosotros leía unas cuantas páginas en voz alta.

Comenzamos con El Hobbit de John Ronald Reuel Tolkien (Silvia es una amante de Tolkien) y continuamos hasta Navidad con el divertidísimo Fantasma de Canterville de Oscar Wilde. Continuamos después con Mi familia y otros animales de Gerald Durrell, pero la llegada de los abuelos de Milán nos impidió continuar, porque no estaban dispuestos a hacer el sacrificio supremo de renunciar a la televisión por la noche, y cuando la televisión está encendida no hay nada que hacer, ella siempre gana. El virus de la lectura a veces hace la vida difícil (…).

De Serena Cammelli y Aldo Maria Valli

Extracto de la revista Fogli – Enero 2010

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